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  • Writer: Orlando Gomez
    Orlando Gomez
  • Dec 16, 2025
  • 2 min read

Desde hace poco más de un año he venido insistiendo en la urgencia de implementar un plan nacional de industrialización que nos permita reorientar una parte de nuestra economía hacia las exportaciones de bienes manufacturados y reducir nuestra dependencia del turismo y las remesas para la captación de divisas, para estar más preparados a los cambios comerciales y geopolíticos que se van vislumbrando. Para hacer de esto una realidad, debemos prestar atención a la necesidad de capacitación técnica de nuestra fuerza laboral. 

   

Esta necesidad no es un secreto para el Estado o el sector privado, precisamente buscando atender eso fue que se crearon el Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional (INFOTEP) y el Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA), ambas iniciativas ejemplares que han traído buenos resultados para nuestro país. Pero una industrialización como la que será necesaria en los próximos años va a necesitar un abordaje distinto y mucho más agresivo.


Un ejemplo práctico del alcance al que debemos apuntar es el de la capacitación docente en nuestro país hacia la que se han movilizado docenas de miles de millones de pesos en becas y programas de capacitación como parte del gasto en educación que se ha realizado desde la implementación del 4%. Desde la implementación de ese enfoque no solo se ha logrado capacitar a docenas de miles de docentes, sino que se ha logrado impulsar a la carrera de Educación como una de las más demandadas para estudiantes universitarios de nuevo ingreso, representando más de un 10% del total de estudiantes universitarios, proporción muy por encima del 4% que suele verse en naciones desarrolladas.


Lamentablemente, la inversión en la industrialización del país no está respaldada por una ley que obligue el gasto de un 4% del PIB en ella como la educación, por lo que esto tendría que ser abordado de forma distinta. En principio esto hubiera podido ser ejecutado mediante una alianza público-privada, pero esta figura legal es tan infuncional que sería inutil, por lo que un fideicomiso público el cual pueda captar fondos privados de empresas con vocación industrial interesadas en la capacitación de su personal y sus futuros prospectos pudiera ser un vehículo más viable. 


Adicionalmente la inversión privada en capacitación debe ser incentivada con un tratamiento fiscal favorable que les permita deducir la misma de la renta imponible que le pudiera ser aplicable en el corto y mediano plazo, de esta forma se puede crear un fondo sostenible y lo suficientemente sustancial como para sostener el programa durante todo el proceso de industrialización y su continuidad en el futuro. 


Los beneficios de esta política serían inmediatos en la creación de la fuerza laboral que puede sostener el proceso de industrialización y podría sostenerse en el largo plazo en la medida en que esa fuerza capacitada se vuelque a emprender por su propia cuenta y crear empresas y nuevos empleos en sus ramas de especialización. Este es uno de los múltiples pasos que debemos tomar para la implementación de un plan sostenible de industrialización que permita la diversificación económica interna y externa de nuestro país, y que pueda sostener nuestro crecimiento en el mediano y largo plazo indistintamente de las fluctuaciones geopolíticas.    


 
 
 
  • Writer: Orlando Gomez
    Orlando Gomez
  • Dec 16, 2025
  • 2 min read

Hace unas semanas escribí de como no obstante el Estado dominicano haber complacido al sector nacionalista deteniendo el otorgamiento de visas y permisos de trabajo en Haití, construido el muro y ejecutar la deportación de más de 300,000 personas, ninguno de los problemas que estos atribuyen a los migrantes haitianos se solucionó, de hecho en muchos casos empeoró. En esta ocasión quiero llamar la atención sobre lo que potencialmente sí nos ha traído el haber complacido a los nacionalistas. 


El sector construcción ha venido contrayéndose cada trimestre desde el último de 2024. Hay muchos factores que pueden explicar este comportamiento del sector que van desde la inflación, las altas tasas de interés y los retrasos burocráticos los que probablemente han tenido una alta incidencia en la contracción de la construcción, pero estos factores no han variado significativamente de como estaban en los primeros 9 meses de 2024, de hecho varios de estos han mejorado sustancialmente. Quizás no sea coincidencia que el decrecimiento de la construcción inició justo en el mismo trimestre en el que el Estado inició su campaña de deportaciones masivas.


El resultado de las deportaciones masivas también se va manifestando en las exportaciones agrícolas nacionales, en particular en la reducción de las exportaciones de banano y tabaco, sectores que tenían alta dependencia de la mano de obra haitiana. 


Todo lo anterior deriva de una vista superficial de los datos económicos publicados por el Banco Central, sería de mucho valor un análisis exhaustivo que pueda dimensionar adecuadamente el costo económico que ha representado el haber complacido a las nacionalistas. 


Aunque dudo mucho que la desaceleración económica se deba en todo o siquiera en su mayor parte a la política de deportaciones, expulsar a 300,000 personas, en su mayoría productivas, de un país de un poco más de 10 millones de personas en tan corto tiempo, necesariamente iba a tener un impacto en nuestra economía. 


Por encima de las consignas nacionalistas importadas desde Estados Unidos que hablan de invasiones, reemplazos, robo de empleos, depresión salarial o aumento de la criminalidad, todas demostradas falsas en este último año, sí se tapa una realidad importante de nuestra población inmigrante, la inmensa mayoría trabaja y consume en nuestro territorio, y son una parte importante de nuestro motor económico, expulsarlos nos ha salido caro por doble partida, el costo base (bastante elevado) del programa de deportación y el costo económico de no tenerlos acá trabajando y consumiendo. 


Es mi deseo que esta sea una lección aprendida para el Estado dominicano y muy especialmente para todos nuestros políticos que con frecuencia se dejan tentar por los cantos de sirena nacionalistas. Necesitamos un sistema de inmigración efectivo y estratégico, que reconozca los beneficios y los retos de todo tipo de inmigración y que pueda adaptarse a las necesidades del país, pudiendo ser restrictivo en aquello que sea absolutamente necesario e inclusivo en el manejo de la mayoría de los casos. Las pancartas nacionalistas, por el propio bien de la nación, deben pasar a ser cosa del pasado. 


 
 
 
  • Writer: Orlando Gomez
    Orlando Gomez
  • Dec 16, 2025
  • 2 min read

La situación de los estadios deportivos en República Dominicana parece un problema sin solución, lucen atrapados dentro de un círculo vicioso donde la falta de interés alimenta la falta de cuidado y mantenimiento lo que a su vez multiplica la falta de interés. La mayoría de nuestros estadios deportivos hoy se presentan como monumentos al descuido por falta de recursos que no se movilizan porque no hay planes claros para su sostenibilidad financiera y esto ha impactado todos los deportes indistintamente de su popularidad. 


Un ejemplo emblemático del problema es el Estadio Quisqueya Juan Marichal. No obstante ser un estadio ubicado en la capital del país, el hogar de dos de los equipos locales más populares del deporte con más seguidores entre los dominicanos, el estadio y toda su infraestructura se ve en malas condiciones y poco atractivo para recibir a los fanáticos y sus familiares. Por décadas el sector privado (la liga y los equipos) y el Estado han venido lavándose las manos de quien debe asumir los costos del remozamiento y al final no se ha hecho nada mientras el estadio sigue deteriorándose. 


Ante esa situación debemos atrevernos a repensar todo desde cero. Desde las funcionalidades del estadio, la utilidad de los terrenos donde operan y hasta el nombre, absolutamente todo debe repensarse en función de maximizar su rentabilidad.


La mayoría de los estadios en nuestro país tienen un nombre asignado por ley, lo que implica una barrera legal difícil de remontar para generar una entrada de capital al estadio a través del otorgamiento de derecho de nombre o acuerdo de “branding”, como se hace en Estados Unidos y Europa. Se necesita una ley que derogue de pleno todas las leyes que le han asignado un nombre a estadios, y faculte al Estado o municipios, según aplique, a ceder los derechos del nombre de los estadios. El que desee que un estadio lleve su nombre que pague por ese derecho, hay otras formas de celebrar la vida de nuestras leyendas del deporte.


El Estado puede crear una sociedad comercial en la que en principio este sea el único accionista para que funja como el dueño y operador de todos los estadios que hoy están puestos a su cargo. Esto le va a permitir ejecutar múltiples estrategias de gestión y financiamiento de las operaciones de los estadios dependiendo de las necesidades de cada uno.    


Adicionalmente se debe entender a los estadios, de cualquier deporte, como creadores de valor no solo del espacio que ocupa sino de todo su entorno. Todo proyecto de readecuación de los estadios deben incluir en sus alrededores, como mínimo, espacios comerciales que den dinamismo a su entorno. Esto debe incluir hoteles, bares, restaurantes, plazas y parques que complementen la oferta del estadio en si y puedan servir como un ingreso adicional para el titular de esos terrenos que, en principio, debería ser titular u operador del estadio. Esta valorización del espacio tenderá a incentivar la construcción de viviendas en las zonas cercanas y motorizar la economía de la zona. 


Debemos cambiar la forma en que pensamos sobre los estadios deportivos en nuestro país, ni el Estado dominicano tiene dinero para desperdiciar en ellos ni la situación actual es sostenible, es por ello que estamos forzados a hacer las cosas de forma diferente.


 
 
 

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